PABLO, EL APÓSTOL DE CRISTO
(A. Hyatt, 2018)

Paul, Apostle of Christ (A. Hyatt, 2018).

Dr. José R. Ayaso
Historiador y Filólogo
Granada

Recibido el 1 de Agosto de 2018
Aceptado el 3 de Septiembre de 2018

Resumen.Hace unos meses se estrenó una película dedicada a una de las principales figuras del cristianismo primitivo: San Pablo. En este film se desarrollan los acontecimientos de los últimos días de su vida. Con un presupuesto reducido, se apoya en la fidelidad a las fuentes para presentarse ante el gran público. Pero el resultado final no parece alcanzar los ambiciosos objetivos iniciales.
Palabras clave. Pablo de Tarso, San Pablo, Apóstoles, Cristianismo primitivo, Películas religiosas, Andrew Hyatt, Jim Caviezel.

Abstract. Few months ago, a new film about Saint Paul, one of the most important personages of Early Christianity, was released. The movie depicts and revisits the events of the last days of his life. Despite the limited budget, the production manages to present to the great public an important number of historical sources with accuracy. Nevertheless, the final result does not matches the mail goals displayed at the beginning of the movie.
Keywords. Paul of Tarsus, Saint Paul, Apostles, Early Christianity, Films about Religions, Andrew Hyatt, Jim Cazievel.

 


©Sony Pictures Home Entertainment

No corren buenos tiempos para las películas de tema religioso, un subgénero prácticamente desaparecido, reducido a producciones de bajo prepuesto y mala distribución que, en períodos de festividades religiosas, suelen terminar en la parrilla de las televisiones generalistas. Tengo la sensación, sin embargo, que su presencia en los canales televisivos es menor en los últimos años, pues la audiencia ha cambiado de gustos y las nuevas generaciones viven las fiestas con menor espíritu religioso. En Semana Santa las calles están llenas pero los templos están vacíos.

La secularización de la sociedad occidental y la búsqueda de lo trascendente en otro tipo de experiencias o prácticas explican la decadencia actual del género. Lejos, muy lejos, queda su Edad de Oro, la de las superproducciones de Hollywood de los años 50 y 60 del pasado siglo que tan populares fueron y que, como en la Cartagena de mi niñez, hacían que se abarrotaran las grandes salas de cine. Por esta razón resulta extraordinario el estreno este año de dos películas de tema neotestamentario y que ambas, con mayor o menor fortuna, hayan sido proyectadas en salas comerciales destinadas al gran público. Me refiero a María Magdalena de Garth Davis y a Pablo, el apóstol de Cristo de Andrew Hyatt. La primera se estrenó en España el 16 de marzo y la segunda el 28 del mismo mes, ya en plena Semana Santa.

Sin duda, María Magdalena es la película que tiene más interés de las dos en todos los aspectos: históricos, teológicos y cinematográficos. María es un personaje atractivo, genera simpatía y plantea cuestiones cercanas al público actual. Pablo, por el contrario, representa la tradición, el orden establecido.

El papel de la mujer en la religión cristiana está todavía sin resolver. La iglesia triunfante, que no cambió el mundo sino que se acomodó a él, apartó todo discurso revolucionario, si alguna vez lo tuvo. Las confesiones cristianas, más humanas que divinas, relegaron a la mujer a un papel secundario en la liturgia y en la jerarquía, y la siguen relegando, aunque en los últimos años se han producido importantes avances en las iglesias protestantes. Todavía suele afirmarse en ciertos sectores católicos que el mayor obstáculo para que la mujer alcance un papel destacado es el hecho de que Jesús de Nazaret sólo eligió a varones como apóstoles. Por esa razón, desde hace años, un número cada vez mayor de mujeres reivindica a María Magdalena, la única nota discordante en el panorama abrumadoramente masculino de la tradición cristiana primitiva, convencidas de que una lectura feminista de los relatos evangélicos abrirá el camino al sacerdocio femenino y a que se replanteen otras cuestiones también candentes y polémicas como la del celibato.

Desde la teología feminista se sospecha, con fundamento, que María de Magdala debió tener un papel más importante, más íntimo, en su relación con Jesús de Nazaret del que la tradición posterior le ha otorgado. Su protagonismo, como el de otros personajes importantes para Jesús el hombre pero incómodos para Jesús el Cristo, se terminó diluyendo. Por el contrario, Pablo, sin haber conocido a Jesús y habiendo sido un implacable perseguidor de los cristianos en su juventud, según propia confesión, logró entrar en el núcleo principal de los grandes apóstoles de la primera generación cristiana. Hoy las tornas, en cierta manera, están cambiando.

 

“Pablo, el apóstol de Cristo” de Andrew Hyatt

Estamos en el año 67 de la Era Común. Nerón persigue con saña a los cristianos, a los que ha acusado falsamente de provocar el incendio de Roma. Pablo se encuentra encarcelado a la espera de que se cumpla la sentencia de muerte a la que ha sido condenado por ser el “incitador principal del incendio” (sic). La comunidad cristiana, liderada por Priscila y Aquila, se debate entre quedarse o marcharse de la Urbe. En este momento llega a la ciudad Lucas el Evangelista, discípulo y compañero de Pablo, con el objetivo de entrevistarse con él en la prisión.


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La película desarrolla los acontecimientos de los últimos días de Pablo en tres escenarios o tramas que se entremezclan:

1. El oculto vecindario en el que se refugia la comunidad cristiana romana. En la comunidad se echa en falta un liderazgo fuerte que le insufle confianza y que enseñe a los cristianos romanos cómo deben comportarse ante esos acontecimientos tan dramáticos que están viviendo. El panorama de atonía, de pasividad, se rompe tras la muerte violenta de Tarquinio a manos de los soldados romanos cuando regresaba de cumplir una misión para la comunidad: el niño se había ofrecido a ir al Palatino con un mensaje para los patricios romanos que estaban dispuestos a ayudar a los cristianos en su huida. Casio, su primo, y otros jóvenes rechazan la pasividad con la que afrontan el peligro y abogan por ofrecer resistencia y responder con violencia a la violencia que reciben de Roma. Llegan a asaltar la cárcel Mamertina, pero Pablo y Lucas rechazan su ayuda. A partir de este momento Casio y su grupo desaparecen de la película sin que sepamos nada de su destino.

2. La celda donde está recluido Pablo. Gracias al apoyo de personas muy importantes y respetadas en Roma, como reconoce el mismo prefecto de la cárcel, Lucas consigue permiso para entrevistarse con el apóstol diariamente. En sus conversaciones con Lucas, Pablo repasa su vida, habla de sus temores, de los fantasmas que le asaltan durante el sueño. Ambos recuerdan las anécdotas de sus años de misión: las canciones infantiles de Lucas, los ronquidos de Pedro, etc., una pequeña licencia que se permite el guionista para acercarnos al lado más humano de ambos. Hablando con Pablo, Lucas logra superar sus dudas ante la situación vivida en Roma por los cristianos. Los dos deciden redactar, para las generaciones futuras, una historia de la labor evangelizadora de Pablo, que no es otra que los Hechos de los Apóstoles.

3. El hogar de Mauricio, el prefecto de la cárcel, donde se desarrolla una trama menor dentro de la película, quizás innecesaria. Es el drama de la enfermedad de la hija del prefecto, a la que ni los reputados galenos romanos ni los poderosos dioses, tras sangrientos sacrificios ante una especie de Bocca della Veritá, son capaces de sanar. Mauricio, que sabe que Nerón es responsable del incendio y que ha elegido a los cristianos como chivo expiatorio, muestra cierto respeto y admiración por Pablo, por lo que finalmente acepta, como último recurso, la oferta que le hace Pablo: que Lucas aplique sus conocimientos médicos para la curación de la chica, lo que obviamente consigue después de que el mismísimo Mauricio fuera al refugio de los cristianos en búsqueda de los remedios necesarios.

Al final de la película un grupo, liderado por Aquila y Priscila, sale de Roma con destino a Éfeso con una carta de Pablo para Timoteo. Mauricio recobra la felicidad junto a su mujer e hija, sin que el espectador vislumbre si se convertirá más adelante al cristianismo, lo que es una novedad en este tipo de películas. Lucas se queda en Roma y asiste a la ejecución de Pablo. El apóstol, que ha vivido sus últimos años atormentado por la violencia que ejerció en su juventud, acepta su destino y consigue por fin la paz reuniéndose con aquellos que fueron sus víctimas.

La producción es de muy bajo presupuesto. Según los datos disponibles en red, sólo cinco millones de USD, una menudencia comparado con los presupuestos de las grandes producciones: por ejemplo, los 103 millones de Gladiator de Ridley Scott (2000) y, en otra escala, los 70 millones de USD de Ágora de Alejandro Amenábar (2009), la producción española más cara y el mayor fracaso económico de nuestro cine, ya que sólo recaudó 32 millones. Ese presupuesto tan magro supone, obviamente, ausencia de grandes estrellas y recortes en todos los apartados técnicos y visuales (decorados, vestuario,…). La conversión de Saulo camino de Damasco se ha resuelto de una manera visual muy pobre, muy pobre, inexplicable si tenemos en cuenta que fue el acontecimiento que cambió la vida al apóstol y, por tanto, ha tenido un enorme desarrollo iconográfico en el arte cristiano.

Como lugar de rodaje se eligió Malta. Para representar la grandeza de la Urbe y las instalaciones carcelarias donde estuvo prisionero Pablo se aprovecharon los baluartes militares construidos en la isla por los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén. Desgraciadamente, se nota claramente que es una arquitectura del siglo XVIII. No hay planos generales ni grandes perspectivas: uno o dos como máximo. Sencillamente no había dinero para grandes dispendios en escenografía.

En cuanto a los actores, los elegidos para los papeles principales fueron Jim Caviezel, el protagonista de la polémica La Pasión de Cristo de Mel Gibson (2004), para el papel de Lucas, y para el papel de Pablo James Faulkner, un actor británico que ha aparecido en papeles secundarios en series de televisión como Juego de Tronos y Downton Abbey. El trío protagonista se completa con el actor francés Olivier Martínez como el prefecto Mauricio. Jim Caviezel, que también es productor ejecutivo del film, es un reconocido integrista cristiano, lo que nos da una pista del carácter de la obra que se está analizando. Al buscar información me he encontrado con la noticia de que en 2015 el actor australiano Hugh Jackman se preparaba para interpretar al apóstol Pablo. Obviamente, no se trataba de esta producción, sino de un proyecto de la Warner que no terminó de materializarse.


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El director y guionista es Andrew Hyatt, un joven director americano que empezó su carrera con dos películas de género: una de terror (The Frozen, 2012) y un thriller de suspense (The Last Light, 2014). Ninguna de las dos recibió muy buenas críticas. No sé si llegaron a ser estrenadas en España. Con Dios te salve, María (2015), película sobre los últimos días de la Virgen, parece haber vuelto al ambiente católico en el que se crió y educó, en el que ha continuado con la película que comentamos.

Lo importante de Pablo, el apóstol de Cristo no es la trama, un tanto pobre, llena de tópicos y estereotipos, sino el mensaje. Nos encontramos, pues, ante una homilía cuyo tema principal es el perdón. Pablo anhela ser perdonado y aboga por perdonar a los que nos persiguen. La película está plagada de frases sobre el poder del amor frente a la violencia. No se puede devolver mal por mal, ya que el mal solo se puede vencer con el bien. “El amor es el único camino, es paciente, no se irrita con facilidad, todo lo aguanta,…” afirma Pablo ante un Lucas horrorizado por la maldad que ha visto en Roma, personificada en el repugnante y odioso Nerón (que no aparece en la película). Los cristianos, siguiendo el ejemplo de Pablo, terminan perdonando a Roma. Y Lucas encuentra la manera de que se consolide ese perdón: suprimiendo de su obra los aspectos más violentos y dramáticos de la persecución neroniana. Así se explica en la película el final de Hechos de los Apóstoles, obra que concluye con Pablo recluido en una villa romana donde recibe visitas y predica con libertad, sin ninguna referencia al final dramático del apóstol de los gentiles. El perdón exige olvido. Y con el perdón se completa el traslado de la capitalidad cristiana desde Jerusalén a Roma.

Curiosamente, nada se dice de perdonar a los judíos, cuyo crimen los condenará a vivir dispersos y perseguidos por los siglos de los siglos. Pero eso es otra historia.

En suma, tanto por obligación como por convicción, en esta película se impuso la pureza evangélica frente a los oropeles del espectáculo. No hay mejor manera de vender un producto cinematográfico mediocre que aludir a su pretendida fidelidad al mensaje religioso. La falta de impacto visual se suple con una colección de frases lapidarias, tan repetidas en púlpitos de todo tipo y condición que ya nos suenan como frases huecas, ejercicios de retórica vacua. Por poner un ejemplo, una mujer afirma en una de las asambleas de la comunidad que los cristianos no han venido “a dominar el mundo sino a cuidarlo” (sic).

El resultado final no es sólo mediocre sino también aburrido, lo que hace que la película se nos haga mucho más larga de lo que es (106 min). Lo resume muy bien Jordi Costa en su crítica en El País (22 de marzo de 2018): “el cine de Semana Santa no tiene por qué ser necesariamente un sufrimiento para el espectador, pero esta película lo es y con saña”. Parafraseando sus palabras, es un verdadero cilicio visual.

 

Cine, Historia y Religión

Sin duda el cine es un documento fundamental para conocer la historia del siglo XX. Al buen cine le podemos aplicar las palabras que Fernando Vallespín dedica a la buena literatura. Entre La decadencia de Occidente de Oswald Spengler y La montaña mágica de Thomas Mann no tiene duda. Recomienda la novela de Mann, porque la buena literatura “suele expresar con mayor lucidez y profundidad lo que los filósofos y los teóricos sociales siempre tardan en vislumbrar. Quizás por esa capacidad suya para traducir fenómenos sociales objetivos en vivencias subjetivas de personajes sobre los que nos proyectamos con facilidad” (Fernando Vallespín, “Fatiga civilizatoria”. El País, 26 de agosto de 2018).

No se puede decir lo mismo cuando el cine se ha acercado a otras culturas y períodos históricos para plasmarlos en imágenes. En esos casos, el cine ha servido, por lo general, para perpetuar tópicos e historias populares, atractivas para el público al que iba dirigido. El cine es una industria, y los buenos resultados suelen venir con productos de consumo masivo, productos del agrado del gran público. Por otro lado, también el cine ha sido un poderoso medio de propaganda y educación, razón por la que el poder político y/o religioso ha financiado proyectos con el objetivo de reforzar la memoria colectiva, los dogmas y creencias. La industria cinematográfica, por tanto, ha permanecido ajena a los avances en la historiografía, como ha permanecido ajena a la historia académica la mayoría del común de la población. Muy raramente se produce una película que ponga en duda la narrativa oficial o abra nuevas perspectivas. Algunas veces, muy pocas, el medio que se utiliza es el humor, como en La Kermesse Heroica de Jacques Feyder (1935) sobre el dominio español en los Países Bajos.

Si lo que se aborda en el film es una historia sagrada o una historia protagonizada por grandes personalidades de una religión, el conservadurismo es mucho mayor, porque, para acallar las reacciones más o menos violentas de grupos fundamentalistas, los productores se escudan en el hecho de que se han basado en una lectura estricta y completa de las Escrituras. En suma, no se pone en duda nada del relato tradicional, y la pretendida fidelidad al mensaje evangélico, en el caso del Cristianismo, lleva a productos tan falsarios y gore como La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) o las imágenes de las calles de Roma iluminadas por cristianos ardiendo en la película que nos ocupa. ¡Absurdo e antihigiénico castigo para los cristianos y para el conjunto de la población de la Urbe, que tendría que vivir con el olor de la carne quemada! Tácito afirma que los cristianos servían de iluminación nocturna, pero a continuación añade que Nerón ofreció como lugar sus propios jardines. No esos callejones donde Lucas se mueve con miedo de ser atrapado por unos soldados romanos que van pidiendo papeles a todos los sospechosos, como si se tratara del Berlín de la Guerra Fría. Vamos, un verdadero disparate.


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No interesa un relato crítico, que ahonde en las contradicciones, que suscite debate. El cine no es el lugar de dichas propuestas. Hace años me contaron el caso de un sacerdote católico que escribió en una revista diocesana o parroquial un artículo sobre el tema de la virginidad de María y de los hermanos de Jesús. No le criticaron el contenido el artículo sino que lo hubiera publicado en una revista de divulgación dirigida a un público no especializado.

Hay, obviamente, contadas excepciones. Una de ellas es Jesucristo Superstar de Norman Jewison (1973), que llevaba a las pantallas la ópera rock de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice. Otra, la irreverente y divertida La vida de Brian, de los Monty Python (1979). Por último, La última tentación de Cristo de Martin Scorsese (1988) sobre un texto de Nikos Kazantzakis sobre un Cristo que quiere ser simplemente Jesús, un hombre normal, con su familia e hijos. Son las tres que recuerdo. Probablemente haya algunas más, pero no muchas.


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En el caso de la película que aquí analizamos, los avances en la crítica neotestamentaria están completamente ausentes. Se acepta la tradición que atribuye a Lucas la composición de Hechos de los Apóstoles. Se acepta asimismo la persecución de los cristianos por Nerón, según el relato de los Anales de Tácito (XV.44), y las más que dudosas muertes de Pablo y Pedro en Roma relacionadas con dicha persecución. Pablo probablemente murió ejecutado en Roma, pero no por el incendio sino como resultado de un proceso iniciado en Jerusalén y de haber recurrido a la justicia del emperador como ciudadano romano. Pedro muy probablemente murió en Oriente de muerte natural.

G.W. Bowersock comenta todas estas cuestiones en un artículo aparecido en The New York Review of Books (“Inside the Emperors’ Clothes”. NYRB, 17 de diciembre de 2015). Bowersock hace referencia a un interesantísimo artículo de Brent D. Shawen en el que se pone en duda la fiabilidad del mismísimo relato de Tácito (“The Myth of the Neronian Persecution”. JRS 105, 2015, pp. 73-100). Su conclusión es que historiadores romanos y cristianos terminaron por montar una historia que hizo coincidir en Roma a tres grandes personajes: el sanguinario emperador Nerón y los apóstoles Pedro y Pablo. Un elenco de primera para narrar la primera gran persecución contra los cristianos en la que se convertiría finalmente en la capital del Catolicismo.

Probablemente Nerón no fue tan fiero como lo pinta la tradición: si hubiera sido un personaje tan odioso, no habrían aparecido Nerones redivivos después de su muerte. Por otro lado, es muy difícil que, en una fecha tan temprana como la del reinado de Nerón, la comunidad cristiana fuera numéricamente importante, tan numerosa como para que provocara el odio de la población de Roma y para que Nerón la utilizase como chivo expiatorio. Esa situación parece responder más bien al período en el que vivieron Tácito, Plinio el Joven y Suetonio. Pero, algunas ideas son difíciles de cambiar. Como se lee en la cita que abre el artículo de Shaw, certains idées reçues sont la mauvaise herbe de l´histoire.

 

Cine y espectáculo

Puestos a recibir más de lo mismo, con el marchamo de pureza evangélica y del respeto a las Escrituras, prefiero las películas que no ocultan sus engaños, que no se escudan en esas pretendidas bondades, que no nos echan sermones y que se presentan como puro espectáculo. Al menos no aburren, no nos hunden en la butaca. Nos hacen llorar, reír, gritar, etc. Tras ver la película de Hyatt he sentido una enorme añoranza del Hollywood clásico. Entre Pablo, el apóstol de Cristo y Quo vadis (Mervyn LeRoy, 1951), no tengo duda alguna. Recomiendo la segunda.

Quo vadis lo tiene todo. Brillantez, espectacularidad, acción, romanticismo y lujo en una depravada Roma madura para caer ante el empuje del Cristianismo. Un emperador que no es más que un niño cruel y malcriado, obeso, torpe, caprichoso, cobarde y afeminado (el Nerón de Peter Ustinov) y una emperatriz verdaderamente mala, una femme fatale, esa Popea acompañada por sus dos panteras interpretada por la actriz británica Patricia Laffan. Hasta ahora había creído que el papel había sido interpretado por Agnes Moorehead, una actriz del grupo de Orson Welles que terminó interpretando a Endora, la madre de una bruja casada con un mortal en una serie de televisión muy popular en los años 60. Ambas fueron mujeres del mismo tipo: fuertes, desafiantes, duras, de rostro anguloso y mirada que cortaba la cadena del frío. Ese carácter contribuyó a que corrieran los mismos chismes maliciosos sobre ambas.


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En estas producciones, el papel reservado a los apóstoles es secundario. Aparecen de lejos, con su aureola de santidad, o aparecen poco, y hablan menos. No interesa el aspecto homilético de la historia, sólo el relato de los amores de los protagonistas, sus dudas y su conversión final. En Quo vadis el responsable de interpretar a Pablo fue el actor Abraham Sofaer, un actor británico nacido en Birmania y descendiente de una importante familia de comerciantes judíos de Bagdad. Me hubiera gustado profundizar más en este actor que interpretó a Pablo y a otros muchos personajes secundarios, muchos de ellos judíos, como Menasseh ben Israel, el judío sefardí amigo de Rembrandt.

Después de todo este discurso a propósito de una película mala y aburrida, nos queda claro, como conclusión, que Pablo todavía no ha alcanzado la categoría de superstar y que está a la espera de un buen autor. Todavía está por realizarse una gran película sobre él. Saulo-Pablo es un personaje que puede dar mucho juego por su complejidad y sus grandes y graves contradicciones.

 

Paul, Apostle of Christ. Guión y dirección de Andrew Hyatt. Jim Caviezel (Lucas), James Faulkner (Pablo), Olivier Martínez (Mauricio), Giorgios Karamichos (Saulo de Tarso), Joanne Whalley (Priscila), John Lynch (Aquila). 106 min. Estados Unidos, 2018.

 

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ISSN 1988-8848